
Para cuando nació Antonia, sus padres se habían ido de la casa de las tías, por conflictos económicos, para donde la abuela paterna de la nena. La abuela tenía ya suficientes problemas y dificultades; sin embargo los recibió como pudo. Vivían en un barrio de esos, que según las especificaciones físicas de las casas, se denominan de estrato bajo; donde los vecinos sacan sus equipos de sonido a mitad del día y a todo volumen escuchando sus cantantes de guasca o de sala preferidos; en los que se encuentra en cada esquina un grupo de muchachos que con su mirada de “malos” te hacen sentir que estás en un territorio ajeno; donde las calles son tan estrechas que ningún carro quisiera encontrarse algo varado en el camino, y que al pasar todos los ojos de la cuadra te observan mientras entras y vuelves a salir; en fin, un barrio de esos. Antonia recién nacida, dormía en una cuna improvisada, al lado de la cama de sus papás, en la sala de la casa de su abuela. Apenas se entraba a la pequeña casa de dos pisos se podía escapar uno de tropezarse con la cantidad de cosas que tenían, unas encima de otras, y así se sentían ellos, arrimados en el pequeño espacio que la abuela con gusto tenía para ofrecerles.
De lo único que no se quejaban los padres de Antonia, era de la buena voluntad de las personas que los rodeaban, de las ganas de ayudarles a ofrecerle lo medianamente posible a Antonia. Unos traían pañales, otros ropita, y cada uno lo que podía aportar.
Fue pasando el tiempo, Antonia debía ser bautizada, según “las tradiciones” que decían tener sus padres. Quiénes serían los escogidos para hacer de madrina y de padrino. Muchas veces, este papel que se asigna a un par de extraños cercanos es sólo eso, una asignación, pero es difícil imaginar que ese papel no se interpreta con sólo aparecer el famoso día del ahijado, con una maceta, costumbre de la ciudad, o con un regalito, si está en una mejor situación económica.
En fin, este papel, que se asume tan a la ligera pero que lleva un gran compromiso, sólo se podía comprender en los cuentos de princesas, pero ellas sí que estuvieron afortunadas, por esa persona, que estaba a cargo de ellas y aparecía a su rescate, especialmente, cuando había problemas; claro, esos son cuentos, pero Antonia creció aferrada a ellos y pidiendo el momento en que aparecería su hada, su hada madrina.
Las cosas en la casa empeoraban. Se habían ido a vivir los tres a un aparta estudio, que les prestaron, con la ilusión de poder formar un hogar y sentirse cómodos, tranquilos y felices en su espacio. La plata alcanzaba estrictamente para lo necesario, un dulce de más podía ser toda una calamidad. Así que, la mamá de Antonia consiguió un trabajo con ganas de aportar y mejorar un poco la situación.
Para este entonces, la mamá de Antonia descuidó el hogar, se endeudó y empezó a mostrar quién era. Alberto, el papá de Antonia, estaba desconcertado y más desorientado que nunca, por lo que tomó la decisión de irse a un país vecino, como escolta, porque le iban a pagar mucho mejor y así cubriría los gastos, las deudas que ahora tenían, y tal vez alcanzaría para darle alguito a su pequeña.
Alberto giraba y giraba la plata que le iba entrando. Pero en Cali, las cosas no cambiaban, antes parecían empeorar. Marisol, la mamá de Antonia, parecía estar cada vez más ausente, aunque ya sin trabajo, y actuaba de manera extraña, incluso sospechosa. Alberto no teniendo más opciones, desde Ecuador, arregló todo para que Antonia y Marisol volvieran a vivir donde sus tías de crianza, así lo tendrían informado y podría saber en qué andaba metida Marisol.
A los cuatro meses de haberse ido Alberto, Marisol, de un momento a otro, se fue para Pereira, con Luis Mario, su amante y del que estaba esperando dos bebés. La ausencia de su mamá afectó mucho a Antonia, se empezó a orinar de nuevo en la cama, y algunas veces en la ropa, se volvió algo agresiva con sus tías, quienes quedaron a cargo de ella, su lenguaje se retrasó un poco y hasta su salud se deterioró un poco, por lo que las tías vieron necesario que Antonia, a sus dos años, empezara un tratamiento psicológico. Este tratamiento les servía sobre todo a las tías, y a los parientes y amigos más cercanos, a comprender a Antonia y a tratar de manejar esa circunstancia que a veces se tornaba como una ecuación de múltiples variables difícil de despejar.
Las tías de Antonia son dos señoras de edad avanzada que viven juntas con la hija de Magnolia, una de ellas, en una casa grande pero a la que se le ve los años en cada baldosa descurtida, en cada reja oxidada y en el vacío de sus habitaciones, las cuales llenan con gatos y perros que recogen en la calle. Para generar algo de ingresos con esa casa, las tías, alquilan dos o tres habitaciones. Aunque ambas tías velan, en lo posible, por Antonia, es Lucía, la otra tía, quien asume la mayor responsabilidad sobre la niña.
Dadas toda clase de circunstancias, Antonia fue creciendo. No había un momento en que estuviera en calma o en equilibrio su alrededor. A veces sus papás aparecían, a veces desaparecían por un buen tiempo, le mandaba un juguete, un mensaje, una llamada, pero el vacío estaba ahí, “lleno” de cuentos de princesas con finales felices.
Antonia, ya es toda una adolescente, quizás con más madurez y vivencias que las jóvenes de su edad. Ha creído enamorarse muchas veces, y se ha desilusionado muchas otras, quizás creyendo que su salida o quien llene ese vacío, que desde niña la consume, va a ser un encantador príncipe, que la arrebate de su realidad. Jhon Jairo es su novio, con el que lleva cinco meses y al que ama como nunca había amado antes.
Antonia llega a la droguería, ubicada cerca a la casa de Jhon Jairo, va por los resultados de una prueba de embarazo, esta es la cuarta prueba que se hace desde que está con él, las tres anteriores por fortuna fueron negativas. Aunque a veces, en pensamientos ligeros y algo locos, Antonia quisiera que el resultado fuera otro, pues le da miedo pensar que pueda ser infértil y sea una especie de castigo o lección de la historia de sus papás.