jueves, 18 de septiembre de 2008

Ejercicio de narradores

Antonia llega a la droguería, ubicada cerca a la casa de Jhon Jairo, va por los resultados de una prueba de embarazo, esta es la cuarta prueba que se hace desde que está con él, las tres anteriores por fortuna fueron negativas. Aunque a veces, en pensamientos ligeros y algo locos, Antonia quisiera que el resultado fuera otro, pues le da miedo pensar que pueda ser infértil y sea una especie de castigo o lección de la historia de sus papás.
Por fin llego a la droguería. Siempre paso por aqui para ir donde Jhon Jairo. Pero hoy es diferente. Qué me saldrá esta vez, es la cuarta prueba desde que estoy con él, ojalá ésta no sea negativa, debo estar loca por querer otro resultado, pero es que, y si soy infértil, será que no merezco tener bebés. Ojalá sea positiva pero negativa también.
Llegas a la droguería, ubicada cerca a la casa de Jhon Jairo, vas por los resultados de la prueba de embarazo, esta es la cuarta prueba que te haces desde que estás con él, las tres anteriores por fortuna te salieron negativas. Aunque a veces, pareciera que quisieras que el resultado fuera otro, es como si te diera miedo ese resultado, como si pensaras que eres infértil o que tal vez te estén castigando por lo que ha sido la historia de tus papás.
*No sé que narrador usar, me gusta el primero y el segundo, pero con el primero creo que se me escapan los juicios que no debo hacer, porque lo cuento obviamente desde mi, en cambio con el segundo lo siento diferente. El tercero no me gusta.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El universo de Antonia

Antonia vive en la casa de las tías, ubicada en la ciudad de Cali, en el barrio El Lido. El antejardín deja ver los años de la casa, la puerta no cierra y el garaje chilla cuando abren para entrar el carro de la tia Lucía, quien a chiste dice q ella tiene es “ca” porque está que se desbarata su carrito. La casa es de tres pisos. En el primer piso, a manera de sótano, hay un patio, una piscina vacía y una habitación en la que vive Roberto, un inquilino de hace 2 años y que trabaja como psicólogo para una fundación en contra del maltrato infantil. En el segundo piso, está la cocina y ahí mismo una mesa que hace de comedor, ya que donde sería el espacio del comedor está vacío y es donde Antonia jugaba cuando niña, además es el espacio donde mantienen los perros que viven en la casa; son seis perros y dos gatos, una bóxer, un schnauzer, un dálmata, dos criollitos y un pincher, este último es el de Antonia, todos los animales que viven ahí han sido recogidos de la calle por las tías. En ese mismo piso, hay un estudio, lleno de libros viejos y empolvados, además de cualquier tipo de “basura” que por ahí guardan, es aquí donde la tía Lucía se toma su café mientras redacta documentos que le quedaron pendientes del juzgado hasta altas horas de la noche. La sala mantiene con la puerta cerrada, conservada para visitas u ocasiones muy especiales, que no suelen llegar. También está el cuarto de Jenny, otra inquilina que sólo está en la casa de 11 p.m a 6 a.m. pues su trabajo y estudio así se lo permite.

El tercer piso, es donde realmente viven, aunque la casa es toda de ellas. Están las tres habitaciones, la de Antonia y cada una de sus tías; los cuartos están conectados entre sí por puertas, en el centro de estas queda la sala de televisión, y aquí en el rincón derecho hay un computador por el cual Antonia se ha comunicado desde pequeña con su papá, y en el que disfruta pasar horas conociendo gente.

El cuarto de Antonia es amplio, o así luce, debido a la falta de objetos dentro de éste. En el centro del cuarto está la cama; una cama sencilla y muy bajita, con un tendido de perritos, el cual alterna con el de frutas ácida, que siempre le ha causado mucha gracia. Hacia el lado derecho, está la cama de su pincher, que más bien es una maleta de esas para transportar las mascotas en un viaje, pero que de niña escogió por tener forma de casita pues pensaba que ahí iba a estar seguro su perrito. Al lado izquierdo, tiene un escritorio, donde se sienta hacer sus tareas y se pone a escribir cuando se desvela y sus tías no le dejan usar el computado, aquí mantiene una foto de sus papás con ella cuando estaba recién nacida, una imagen pequeña de la Virgen de Guadalupe, que le dio su abuela paterna, un vasito lleno de lapiceros y colores junto a su diario de princesas, que tenía cuando estaba más pequeña pero en el que de vez en cuando le gusta escribir o simplemente leer y reírse o llorar de lo que ahí está contenido. En la otra esquina del lado izquierdo tiene un tapete con dos cojines y un canasto para echar la ropa sucia. En el techo de su cuarto tiene pegadas estrellas que iluminan en la oscuridad, pero que ya no iluminan casi por el tiempo, además de un móvil de ángeles. En las paredes, hay una repisa donde tiene sus muñecos, hay uno en particular, un perro, que le regaló uno de sus amigos especiales, el cual tiene un cierre porque es doble faz, por el otro lado es un conejo, y Antonia lo utiliza para guardar cosas que sus tías no pueden encontrar. También, hay en las paredes una especie de retrato de ella, un espejo y papeles con mensajes bonitos.

jueves, 4 de septiembre de 2008

El abandono


Para cuando nació Antonia, sus padres se habían ido de la casa de las tías, por conflictos económicos, para donde la abuela paterna de la nena. La abuela tenía ya suficientes problemas y dificultades; sin embargo los recibió como pudo. Vivían en un barrio de esos, que según las especificaciones físicas de las casas, se denominan de estrato bajo; donde los vecinos sacan sus equipos de sonido a mitad del día y a todo volumen escuchando sus cantantes de guasca o de sala preferidos; en los que se encuentra en cada esquina un grupo de muchachos que con su mirada de “malos” te hacen sentir que estás en un territorio ajeno; donde las calles son tan estrechas que ningún carro quisiera encontrarse algo varado en el camino, y que al pasar todos los ojos de la cuadra te observan mientras entras y vuelves a salir; en fin, un barrio de esos. Antonia recién nacida, dormía en una cuna improvisada, al lado de la cama de sus papás, en la sala de la casa de su abuela. Apenas se entraba a la pequeña casa de dos pisos se podía escapar uno de tropezarse con la cantidad de cosas que tenían, unas encima de otras, y así se sentían ellos, arrimados en el pequeño espacio que la abuela con gusto tenía para ofrecerles.

De lo único que no se quejaban los padres de Antonia, era de la buena voluntad de las personas que los rodeaban, de las ganas de ayudarles a ofrecerle lo medianamente posible a Antonia. Unos traían pañales, otros ropita, y cada uno lo que podía aportar.

Fue pasando el tiempo, Antonia debía ser bautizada, según “las tradiciones” que decían tener sus padres. Quiénes serían los escogidos para hacer de madrina y de padrino. Muchas veces, este papel que se asigna a un par de extraños cercanos es sólo eso, una asignación, pero es difícil imaginar que ese papel no se interpreta con sólo aparecer el famoso día del ahijado, con una maceta, costumbre de la ciudad, o con un regalito, si está en una mejor situación económica.
En fin, este papel, que se asume tan a la ligera pero que lleva un gran compromiso, sólo se podía comprender en los cuentos de princesas, pero ellas sí que estuvieron afortunadas, por esa persona, que estaba a cargo de ellas y aparecía a su rescate, especialmente, cuando había problemas; claro, esos son cuentos, pero Antonia creció aferrada a ellos y pidiendo el momento en que aparecería su hada, su hada madrina.

Las cosas en la casa empeoraban. Se habían ido a vivir los tres a un aparta estudio, que les prestaron, con la ilusión de poder formar un hogar y sentirse cómodos, tranquilos y felices en su espacio. La plata alcanzaba estrictamente para lo necesario, un dulce de más podía ser toda una calamidad. Así que, la mamá de Antonia consiguió un trabajo con ganas de aportar y mejorar un poco la situación.

Para este entonces, la mamá de Antonia descuidó el hogar, se endeudó y empezó a mostrar quién era. Alberto, el papá de Antonia, estaba desconcertado y más desorientado que nunca, por lo que tomó la decisión de irse a un país vecino, como escolta, porque le iban a pagar mucho mejor y así cubriría los gastos, las deudas que ahora tenían, y tal vez alcanzaría para darle alguito a su pequeña.

Alberto giraba y giraba la plata que le iba entrando. Pero en Cali, las cosas no cambiaban, antes parecían empeorar. Marisol, la mamá de Antonia, parecía estar cada vez más ausente, aunque ya sin trabajo, y actuaba de manera extraña, incluso sospechosa. Alberto no teniendo más opciones, desde Ecuador, arregló todo para que Antonia y Marisol volvieran a vivir donde sus tías de crianza, así lo tendrían informado y podría saber en qué andaba metida Marisol.

A los cuatro meses de haberse ido Alberto, Marisol, de un momento a otro, se fue para Pereira, con Luis Mario, su amante y del que estaba esperando dos bebés. La ausencia de su mamá afectó mucho a Antonia, se empezó a orinar de nuevo en la cama, y algunas veces en la ropa, se volvió algo agresiva con sus tías, quienes quedaron a cargo de ella, su lenguaje se retrasó un poco y hasta su salud se deterioró un poco, por lo que las tías vieron necesario que Antonia, a sus dos años, empezara un tratamiento psicológico. Este tratamiento les servía sobre todo a las tías, y a los parientes y amigos más cercanos, a comprender a Antonia y a tratar de manejar esa circunstancia que a veces se tornaba como una ecuación de múltiples variables difícil de despejar.

Las tías de Antonia son dos señoras de edad avanzada que viven juntas con la hija de Magnolia, una de ellas, en una casa grande pero a la que se le ve los años en cada baldosa descurtida, en cada reja oxidada y en el vacío de sus habitaciones, las cuales llenan con gatos y perros que recogen en la calle. Para generar algo de ingresos con esa casa, las tías, alquilan dos o tres habitaciones. Aunque ambas tías velan, en lo posible, por Antonia, es Lucía, la otra tía, quien asume la mayor responsabilidad sobre la niña.

Dadas toda clase de circunstancias, Antonia fue creciendo. No había un momento en que estuviera en calma o en equilibrio su alrededor. A veces sus papás aparecían, a veces desaparecían por un buen tiempo, le mandaba un juguete, un mensaje, una llamada, pero el vacío estaba ahí, “lleno” de cuentos de princesas con finales felices.

Antonia, ya es toda una adolescente, quizás con más madurez y vivencias que las jóvenes de su edad. Ha creído enamorarse muchas veces, y se ha desilusionado muchas otras, quizás creyendo que su salida o quien llene ese vacío, que desde niña la consume, va a ser un encantador príncipe, que la arrebate de su realidad. Jhon Jairo es su novio, con el que lleva cinco meses y al que ama como nunca había amado antes.

Antonia llega a la droguería, ubicada cerca a la casa de Jhon Jairo, va por los resultados de una prueba de embarazo, esta es la cuarta prueba que se hace desde que está con él, las tres anteriores por fortuna fueron negativas. Aunque a veces, en pensamientos ligeros y algo locos, Antonia quisiera que el resultado fuera otro, pues le da miedo pensar que pueda ser infértil y sea una especie de castigo o lección de la historia de sus papás.